A 46 años de la gran gesta

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Recién 14 días después el hombre llegó a la Luna. Con dos semanas de anticipación, entre esos hechos que no prescriben jamás, se había producido otra singularidad universal: Chacarita Juniors le ganaba a River 4-1 en la cancha de Racing por la final de Campeonato Metropolitano 1969 y el lírico clubecito fundado en una lechería de Córdoba y Jorge Newbery se consagraba campeón de fútbol en la Primera División, algo que no había sido esperado -y mucho menos exigido- ni siquiera por el más iluso o el más devoto de sus hinchas.

Antes de aquellos noventa minutos decisivos solo había un manojo de muchachos seguros de ganar el campeonato: los jugadores. Verdaderamente, esa era una banda de honorables desfachatados que esperó la final sin concentraciones castrenses, sin menús especiales, sin otra sanata técnica que la lectura de unos jeroglíficos papelitos que les mandaba un sabio del fútbol (remitente que tal vez nunca sea revelado) y que apenas dos o tres de ellos entendían. No eran necesarios más para lograr, hablando un poco fuera de la cancha y mucho dentro, que la sinfonía fuera interpretada por todos. Tan preocupados estaban por el magno partido, que después de almorzar- mientras llegaba el micro- se pusieron a jugar al ludo-matic y a la bolita. Petrocelli, Jorge Gómez, Abel Pérez, Bargas y Frassoldati, Recúpero, Puntorero y Poncio, Marcos, Orife y Neumann. Se vieron pocos equipos argentinos de tanto talento colectivo para embellecer lo práctico y simplificar lo difícil.

Por supuesto, era un plantel armado con “dos mangos cincuenta” que había tenido un compositor- Argentino Geronazzo- y un numen setentón capaz de mostrar en los entrenamientos cómo se tira un córner o cómo se hace una chilena, aun cuando caía a las prácticas con su edad, su traje de casimir italiano, su corbata de seda, sus zapatos de cuero de cocodrilo: Renato Cesarini, ad honorem, solo recaliente de amor al club. Meses después el equipo andaba solo – o casi- y silenciosamente fue fabricando la gran quimera con un campañón que legó los resultados a la estadística y el tesoro de su exquisita calidad a las curtidas almas funebreras.

Hoy, exactamente a veinte años de aquel irrepetible campeonato, el legítimo hincha de Chacarita -anónimo hombre de silencios, de pasiones secretas, de melancolías sosegadas, de frugales júbilos internos- sabe que ese título logrado por “la bandita del ‘69” dejó la mesa paga para siempre. No le importa la porca miseria de este otro descenso que fue tan previsible como evitable. No le interesa si en los últimos 20 se vendieron jugadores por una fantástica millonada de dólares jamás devuelta en obras o satisfacciones. No factura sus tardes de veneno y cigarrillo. No impugna la altivez, la ingenuidad o cualquier otra forma de las soberbia que siempre tiene a un rematador tasando la cancha. No se pregunta si es estúpido su metejón. A lo sumo anhela el tercer gol de la final contra River (pelotazo quirúrgico de Recúpero, 30 metros de derecha a izquierda en diagonal al claro, doble gambeta de Marcos y caño al último marcador) sea justicieramente expuesto en el Louvre.

El tipo, por el contrario, interpreta que debe efectuar su garpe material y espiritual por la deuda eterna -también esta es eterna- contraída en el ‘69. Y va y pone para el bono, y marca un cachito del tablón con sus iniciales, y canta, y grita y llora, y se crucifica contra el alambrado (cara externa) y tiene hijos hinchas de Chaca para que a su vez los sigan teniendo- por eso ya hay tataranietos- y en nombre del campeonato de hace dos décadas tiembla de emoción cuanta vez ve salir desde el túnel la camiseta roja, blanca y negra que fue su pañal y será su mortaja por pedido expreso.

 

Carlos Marcelo Thiery.

PUBLICADO EN EL DIARIO CLARIN CUANDO SE CUMPLIERON LOS PRIMEROS 20 AÑOS.DIA 6  DE JULIO DE 1989.